Enfermedades

Hematología

imprimir

Leucemia mieloide crónica

¿Qué es?

Los leucocitos o glóbulos blancos son las células que participan en la defensa del organismo. Dentro de los leucocitos encontramos diferentes tipos, como los polimorfonucleares, los linfocitos o los monocitos, cada uno de ellos con una función determinada dentro del sistema inmunitario.

Los leucocitos se originan en la médula ósea, a partir de unas células inmaduras denominada blastos que van diferenciándose hasta crear los diversos tipos de leucocitos. Cuando se produce, por diferentes causas, una pérdida de los mecanismos de control de la proliferación de estos glóbulos blancos se habla de leucemia, es decir, un cáncer de leucocitos y sus blastos precursores.

En función del tipo de blastos que intervengan en la leucemia se distinguen leucemias linfáticas, si intervienen los linfoblastos, los precursores de los linfocitos, o bien de leucemias mieloides,  si son los precursores de los hematíes, las plaquetas y del resto de leucocitos las células que originan el cáncer.

Asimismo, en función de su instauración y de la proporción de células maduras e inmaduras que intervengan en la leucemia, ésta puede ser aguda, con un predominio de las formas inmaduras y una evolución veloz, o bien crónica, con un mayor número de células maduras y una progresión más lenta.

Por lo tanto, cuando un paciente padece un cáncer de las células hematológicas donde existe un predominio de leucocitos maduros (a excepción de los linfocitos), se clasificará dicha patología como una leucemia mieloide crónica.

¿Cómo se produce?

La leucemia mieloide crónica afecta esencialmente a personas de edad media y se conoce que está relacionada con una alteración genética concreta, sin embargo se desconoce cuál puede ser la causa o las causas que puedan desencadenar dicha alteración.

Los cromosomas constan de dos grandes regiones que se diferencian por su tamaño, los llamados brazos cortos y brazos largos. Cuando los brazos cortos del cromosoma número 22 se escinden del resto del cromosoma y se unen al cromosoma 9, se forma una nueva estructura que recibe el nombre de cromosoma Philadelphia. Se ha visto que dicha alteración aparece en el 95% de los casos en las células de los pacientes afectos de leucemia mieloide crónica.

Al darse esta alteración se ponen en contacto dos oncogenes, es decir, dos genes que si se alteran pueden desencadenar procesos oncológicos. Juntos dan lugar a una proteína que estimula la proliferación celular de los mieloblastos, los precursores de los leucocitos no linfocitos principalmente, aunque dicha proteína también puede actuar sobre los precursores de los hematíes y de los megacariocitos. Asimismo, dicho cromosoma puede darse también hasta en un 20% de los linfocitos B.

Cuando esta proteína activa la proliferación celular de los mieloblastos, las células empiezan a reproducirse y a ocupar espacio en la médula ósea, desplazando el resto de líneas celulares sanas, que disponen de menos espacio para proliferar. Los leucocitos cancerosos pasan a la sangre y desde ahí pueden colonizar otros órganos, especialmente ganglios, hígado y bazo.

Síntomas

Inicialmente la mayoría de los pacientes suelen no presentar ningún tipo de síntomas y es a medida que progresa la enfermedad que se establece un síndrome tóxico, caracterizado por cansancio, debilidad, pérdida de peso y anorexia.

Cuando los leucocitos salen a la sangre tienden a invadir los ganglios, con lo cual es frecuente que los pacientes presenten adenopatías. Asimismo, en la mayoría de los casos se da hepatomegalia y esplenomegalia por la misma invasión de leucocitos.

Al progresar la enfermedad la proliferación de los leucocitos se acelera y empiezan a aparecer formas inmaduras en la sangre: es lo que se denomina fase acelerada de la leucemia mieloide crónica. Un 80% de los pacientes pasan a esta fase, en la cual aumentan tanto la hepatomegalia como la esplenomegalia y las células malignas pueden infiltrar otros tejidos dando tumoraciones periféricas.

Más adelante, establecida ya la fase de transformación, a medida que las células inmaduras van invadiendo la médula ósea y ocupan más del 50% del tejido o bien su presencia en sangre supera el 30%, se entra en lo que se denomina crisis blástica, pues en ese momento son las células inmaduras, los blastos, las predominantes.

Hasta un 60% de los pacientes afectados por leucemia mieloide crónica progresan rápidamente hasta la fase blástica sin pasar por la fase de transformación. En esta fase se produce un deterioro del estado general, pues se acelera la pérdida de peso, se pierde más el apetito y aumenta el cansancio. La anemia empeora, cosa que contribuye al empeoramiento del estado del paciente. También tiende aumentar el tamaño de hígado y bazo, aparece fiebre, existe dolor óseo y en ocasiones pueden darse fracturas. La mayoría de las fases blásticas dan lugar a una leucemia mieloide aguda, pero hasta en un 25% de los casos puede darse una leucemia linfocítica aguda.

Además de la anemia, a causa de la alteración de los leucocitos y el descenso de los niveles de plaquetas aparecen infecciones severas y procesos hemorrágicos.

Excepcionalmente la transformación de leucemia crónica a fase aguda, es decir, la proliferación de formas no maduras, puede tener lugar en leucocitos que se hallen colonizando otros órganos y no en la médula ósea. Si eso sucede, los tumores formados por mieoloblastos que se produzcan en estos órganos reciben el nombre de cloromas.

Diagnóstico

El diagnóstico de leucemia mieloide crónica se basará en la analítica de sangre y en la biopsia de médula ósea. En un gran número de casos el diagnóstico se realizará mediante un hallazgo casual de cifras elevadas de leucocitos al realizar una analítica de sangre. En la misma analítica puede detectarse un descenso tanto de plaquetas como de hematíes en fases avanzadas.

La leucemia mieloide crónica debe sospecharse en pacientes de edad avanzada que presenten un cuadro de cansancio, debilidad y pérdida de peso y anorexia sin otra causa aparente. Asimismo, debe tenerse en cuenta como diagnóstico en pacientes en los que se explore o refieran una aumento del tamaño del hígado, del bazo o de ambos.

En la analítica de sangre se apreciará un incremento de las cifras totales de leucocitos, así como una anemia normocítica normocroma (con hematíes de tamaño normal y con una cantidad de hemoglobina normal) y sin reticulocitos elevados en sangre, las formas precursoras de los glóbulos rojos, hecho que indica que la médula ósea no puede responder ante la anemia por estar afectada. Las plaquetas pueden hallarse tanto disminuidas como elevadas. En la fase blástica se observará más de un 30% de mieloblastos en sangre.

El diagnóstico de confirmación lo proporcionará la biopsia de médula ósea, en la cual se apreciará un aumento de la celularidad, sobre todo a expensas de las células mieloides. En las fases de transformación y blástica el número de mieloblastos estará incrementado significativamente, siendo superior al 50%. Existen métodos genéticos para determinar la presencia en las células malignas del cromosoma Philadelphia.

Pruebas de imagen como la tomografía axial computadorizada (TAC) y la ecografía permitirán valorar la presencia o ausencia de afectación ganglionar, hepática, esplénica o de otras localizaciones.

Tratamiento

El único tratamiento curativo que existe es el trasplante de médula ósea. El resto de tratamientos mediante quimioterapia son paliativos. Si no puede realizarse el trasplante se optará por el tratamiento con interferón. En caso de anemia grave se deberá trasfundir al paciente.

Son factores de peor pronóstico la edad avanzada, la anemia severa, una esplenomegalia gigante, el mayor número de leucocitos y plaquetas en sangre, un porcentaje de blastos elevados y la ausencia del cromosoma Philadelphia.

Medidas preventivas

Dado el origen desconocido de la leucemia mieloide crónica, pese a la relación probada con la mutación del cromosoma Philadelphia, no existen medidas preventivas contra ella.

Subir

Dr. David Cañadas Bustos
Especialista en Medicina General
Médico consultor de Advance Medical